22 de octubre de 2008

Perder la vida.

Debo ser honesta, cuando supe que ya no estaba viva, me asuste y me angustie pensando en como lograría vivir.
Me carcomía la idea de que nada volvería a ser como antes y la incertidumbre llenaba las horas que me bastaban para tener el certificado de defunción, mientras condenada, deambulaba por el servicio medico legal, a la espera de la formalización de mi deceso.

Los pasillos se volvían interminables y las miradas se clavaban sobre mí, algunas con lastima… y otros sonreían irónicamente mientras festinaban mi muerte al unísono que se repartían mis pertenencias cual botín de guerra. Algunos inocentes, no sabían nada aun tenían muestras de cariño hacia mi, que me deshacían en el constante miedo que me inundaba, haciéndome temblar las piernas.

En eso estaba, cuando de pronto, temerosa de las risas burlonas, me encerré en el baño y tome mucha agua, con la esperanza que el amargo sabor de boca, que parecía provenir desde mi revuelto estomago, dejara de torturarme… cuando inesperadamente descubrí que ya ninguna imagen se reflejaba en el espejo.

Fue en ese instante cuando comprobé que aun sin tener el certificado en mi poder, ya estaba muerta y que si ni yo me reconocía en mi reflejo, tampoco existían los miedos, ni temores y lo único que me restaba por hacer, era reinventarme para revivir desde este espectro que se diluía con la paz del que sabe, que ya no tiene nada que perder.